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02 de Marzo, 2019 · Críticas

Mario Morales versiona a Edipo Rey

 

Edipo en la vereda tropical

 Por Osvaldo Cano

Una versión de Edipo Rey, la tragedia que utilizó como modelo Aristóteles en sus célebres e itinerantes conferencias en los jardines de Academo, subió a la escena del Centro Cultural Edison. La pieza de Sófocles, que versionó y dirigió Mario Morales, fue estrenada gracias a la colaboración entre los grupos Teatreros de Orilé y Teatro Cimarrón.

Bajo el título de Edipo nuestro, Morales fusiona el original con tradiciones orales y religiosas de diversas procedencias. El objetivo de tal práctica es ─como advierten las notas al programa─ devela «la incesante búsqueda del hombre (… caribeño, para hallar su identidad». Sin embargo, el Edipo… de Sófocles es una tragedia analítica, donde todo ha acaecido con anterioridad. En ella la verdadera catástrofe es la revelación de la verdad. Acontecimiento que, paradójicamente, ilumina y aplasta al héroe, pues este al prescindir de lo aparencial descubre su verdadera identidad. O sea, se entera de que es, a un tiempo, incestuoso y parricida. En fin, que la búsqueda termina con un hallazgo terrible.

La versión incurre en un error al minimizar una escena crucial; me refiero a aquella en que Edipo interroga al pastor que lo salvó siendo niño y luego mintió al relatar la muerte de Layo, adulteración de la verdad con la cual Sófocles escamoteó a conciencia la secuencia ritual sobre la que se asienta la estructura trágica, postergando el clímax, logrando el suspenso y haciendo que el autorreconocimiento del protagonista sea mucho más sorpresivo y terrible. Edipo rey es, en buena medida, una pesquisa policial en la cual el asesino y el detective son la misma persona. Tal ausencia en la versión, junto a la reinterpretación de la relación Yocasta-Edipo, o la suma de intertextos en lugar de elucidar la fábula contribuye a velarla.

El director asume el montaje renunciando a la espectacularidad solemne y luctuosa de la tragedia; rebaja los personajes hasta una humanidad palpable y cercana al proponer tanto en la puesta como en el trabajo de los actores una proximidad cómplice y un tono íntimo. Morales recurre a los movimientos coreográficos, a los colores severos, a los contrastes entre la solidez del blanco y la fúnebre inmovilidad del negro,; también a figuraciones o personajes emblemáticos de las liturgias afrocubanas. Todos estos elementos en aras de elaborar un discurso que por una parte resulte visualmente seductor y por la otra acerque la trama sofoclea a partir del uso de nuestros referentes. Pero sí, en buena medida, consigue lo primero no ocurre igual con lo segundo. Tampoco captó el aura terrible, espeluznante, fuera de lo común que es parte del alma de la tragedia.

En cuanto al elenco, el director no halló el punto exacto en que coinciden la solemnidad trágica y las pasiones humanas. Tanto David Hernández como Ernesto Tamayo evidenciaron por momentos fuerza dramática suficiente para acometer sus respectivos roles. Sin embargo, el tono de las actuaciones ─incluyendo a Silvia Tellería─ asume un tempo de salmodia, con una cadencia estable y lenta en demasía; bien alejada esta quietud del ritmo agitado y apasionado, tan peculiar de los posesos y por extensión de la actuación trágica. La ira, la arrogancia o la relación entre maternal y sumisa de Yocasta con Edipo son sentimientos enfatizados en el texto que no están suficientemente explicitados en la puesta.

El discurso musical ─que se limita a sonidos o a efectos─ no se corresponde con la complejidad de la propuesta visual, lo cual se agrava si tomamos en cuenta el énfasis del espectáculo en la raíz africana de nuestra cultura, proverbial por su polirritmia. Se aprecian también limitaciones en la iluminación, debido en gran medida a la pobreza del equipamiento.

Teatreros de Orilé y Cimarrón son grupos que perseveran en la loable intención de dialogar con la comunidad. Se interesan por rescatar a un público poco asiduo a las salas teatrales, incitándolos a acceder no solo a lo mejor del acervo popular, sino también a mitos de la cultura universal, solo que en este caso no estamos en presencia de uno de los mejores momentos de estos colectivos.

Edipo nuestro, aplatanado tropicalizado y reinterpretado escamotea varias de las zonas más lúcidas y terribles del texto de Sófocles, sin conseguir proposiciones que superen el original, de tal suerte que termina siendo un espectáculo en el cual el andamiaje y el empaque adquieren un protagonismo capaz de relegar esencias.

 

Periódico Juventud Rebelde, 20 de junio del 2001.

 

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publicado por albertocurbelo a las 13:47 · Sin comentarios  ·  Recomendar
 
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