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04 de Febrero, 2019 · Críticas

Asere: Cimarrón y Plantao


 Asere: Cimarrón y Planta’o

                         

Escrito por Jorge Enrique Rodríguez   

 Para Alberto Curbelo, por enseñarme

 que la libertad nace y muere en uno mismo.

 

Memoria, identidad, responsabilidad histórica. Es sobre estas premisas donde descansa la lógica de vida ─y poética─ de Teatro Cimarrón, que insiste rehuir los convencionalismos; de aquellas gratuidades ideoestéticas que, cuando menos, suelen conducir hacia las ausencias y oxidaciones de criterio.

Para comprender a cabalidad la signatura de Teatro Cimarrón ─compañía fundada en agosto de 1995 por el dramaturgo, ensayista y poeta Alberto Curbelo─ tendríamos que deshacernos del simulacro; de las apariencias; de la hipocresía; «de la superestructura que nos inventamos como paliativo en hábiles manejos de tramoya». Es necesario, inevitablemente, retornar al oficio de la herejía. Pero no como estado o mediación, sino como el sentido único que se precisa hacia la reivindicación del individuo y de su responsabilidad en los destinos privados y colectivos.

Asere, última puesta en escena de Teatro Cimarrón, es sin duda alguna la reafirmación de Curbelo en su apuesta por el riesgo que implica la poética de la complicidad. El riesgo de la indagación ─también antropológica─ que busca, según los propios preceptos del dramaturgo, «abordar más la pérdida ética, que reflejar escénicamente una miseria material que obviamente afecta pero no llega a truncar al ser humano». El riesgo de saber que no importan las victorias o las derrotas, sino las distancias que estamos dispuestos a recorrer en virtud de ser, estar y permanecer.

«De todo se cansa un hombre… hasta de la libertad», advierte el personaje de Asere en su disyuntiva. Y es ahí quizás ─en esa prefiguración que de tan áspera llega a doler─, que podríamos hallar la emboscada de una historia que «se centra en las motivaciones que impulsan a un mulato pelotero cubano a abandonar el país» para jugar en las grandes ligas.

En la metáfora del relato ciudadano cubano, viajar allende los mares significa en alguna medida, y de algún modo, escapar hacia la libertad; económica para unos, política para otros. Los propios conflictos de Asere ─que van dibujándose desde su condición económica en la isla (presente), hasta esa otra que ensueña lleno de gloria y de dinero en las grandes ligas (futuro)─ le hacen intuir, no obstante, que se hartará de esa libertad. Porque la libertad ─no importa cuánto empeño hemos construido para negarlo-- es condición y porfía, jamás escarceo. Y para el dramaturgo es certeza y convicción más allá de los señuelos. Sabe bien que «las condiciones económicas pueden cambiar […] pero no así la pérdida de valores, que muchas veces hacen caer al ser humano en un infierno del que pocas veces consigue escapar».

La inmigración; la migración interna; la discriminación racial y sexual; el machismo; la marginalidad; las condiciones socioeconómicas, socioculturales y políticas que no han logrado subvertir a las embestidas de la globalización ni a la pantomima que representa el multiculturalismo. Dentro de esta cosmogonía transcurre la historia de Asere y de cada uno de los individuos que componen la circunstancia que los obliga a decidir sus destinos desde la fábula martiana: ¿llevar mucho adentro y poco afuera, o viceversa? Aun así, el mapa que propone la puesta en escena sobre este círculo vicioso --real, tangible ahora mismo-- no está trazado desde la pedantería literaria, ni desde el fatalismo que supone la coyuntura de la Cuba de hoy. Los personajes se fabulan a sí mismos; su condición social y económica ciertamente los apresa, los asfixia, los rebasa, los condiciona; pero, ya se dijo, la libertad ─siempre─ es condición y porfía. ¿Será por ello que el dramaturgo apuesta por el «empleo de versos de Dulce María Loynaz a nivel textual y como letras musicalizadas o adaptadas en géneros populares»? No es fortuito, y muchísimo menos asimilado como una utopía. Esa ha sido la gran premisa de Teatro Cimarrón: «una proyección ideoestética en la que visibiliza al negro al abordar medulares conflictos de la sociedad cubana contemporánea». Es decir, no hay apropiaciones indebidas sino que a través de este emplazamiento a nosotros mismos como sociedad, se nos otorga la gracia de descubrir aquellas cosas que nos sostienen por dentro cuando afuera todo se derrumba.

Ha sido el crítico y teatrologo Eberto García Abreu ─cómplice de un cimarronaje que llega a los umbrales de sus veinte años de existencia e insistencia─ quien mejor nos describe la cartografía de Teatro Cimarrón y describe su singladura con exactitud:

«Con el propósito de alcanzar la realización de un teatro total, en tanto los espectáculos integran el trabajo del actor en vivo, el clown, la manipulación de muñecos, la oralidad escénica, la acrobacia, la danza, el canto y la música generalmente ejecutada en vivo, las puestas en escena de Teatro Cimarrón se han pronunciado por el rescate de las tradiciones populares de origen africano e hispano, en particular de la cultura popular del Cerro, de sus costumbres y problemáticas sociales y humanas más trascendentes […] Mediante un lenguaje contemporáneo su discurso poético descansa principalmente en la incorporación de los giros idiomáticos, la gestualidad y los recursos verbales y extraverbales, característicos de la expresividad del cubano, así como el tratamiento metafórico que se fusiona con las historias y fábulas tradicionales latentes en nuestra cultura». 

Asere no es un fragmento congelado. Es la persistencia de una realidad que se reincide a sí misma como resultado «de las miserias humanas [cristalizadas] en el trasfondo socioeconómico que nadie pudo eludir en la década de 1990». Una realidad implacable que todos ─confabulados en torno al espejismo de la desmemoria─ hemos creído superada.

Podría decirse que todos llevamos un Asere dentro que anhela las libertades posibles e incluso las imposibles. Y solo la mojigatería que tanto nos complace (e identifica) como sociedad ─conjugada con la atomización de nuestras independencias de criterio─ impide asumir el ajuste de cuentas que representan «las contradicciones entre la conciencia individual y el bien común».

Lo cierto es que una vez más, Alberto Curbelo ─con un colectivo de actores y actrices jóvenes junto al experimentadísimo y versátil Julio Marín─ nos devuelve con Teatro Cimarrón y su puesta en escena Asere, el intrínseco sentido de trascender… la significancia de ser cimarrones a toda costa…la terquedad del pez a contracorriente más allá de toda coyuntura…la certitud de que no habrá, nunca, redención alguna en el silencio y la desmemoria. Maferefún.

Un abrazo de paz y memoria.

 

Revista Esquife

La Habana, 27 de agosto 2014

 

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