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Blog de albertocurbelo
04 de Febrero, 2019 · Entrevistas

Revolución, tu cura han sido los hombres

Esquife

 

Revolución, tu cura han sido los hombres

Entrevista al dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa[1]

 

Por Alberto Curbelo

 

«Las revoluciones, por muy individuales que parezcan,

son obra de muchas voluntades».

Carta al general Antonio Maceo / José Martí

 

La dramaturgia de Eugenio Hernández Espinosa ─Premio Nacional de Teatro 2005─ renueva y eleva a la condición de notable tragedia la vida y las rutas del negro en Cuba. Obra a obra, de un género a otro, ya sea en la colonia, en la República o abordando los medulares conflictos que han sacudido la sociedad cubana después de 1959, Eugenio no ha dejado de correr el riesgo de remar a contracorriente y de posesionarse, con su experimentación lingüística y cimarronaje filosófico, de un teatro insular que da cabida a todo el mundo caribeño.

Maestro, después de todos los sinsabores que le ha reparado su obstinación por ser fiel a sí mismo, ¿su energía creadora sigue intacta?

Como también mi capacidad para hacer razonar.

¿Esa capacidad suya, que no se reduce únicamente a la percepción de lo inmediato o circunstancial, típica de un dramaturgo, no lo distancia en algo del escenario en que realmente vive?

Al contrario. Veo la vida con radiante ingenuidad. Sólo la ingenuidad ─como la poesía─ nos permite redescubrir las verdades de la vida; nos hace observar perspicazmente la realidad.

¿Siente usted alguna nostalgia por el joven dramaturgo de la década del sesenta?

Naturalmente. Pero yo no he dejado de escribir. En 1971 escribí Mi socio Manolo y, dos años más tarde, La Simona; en la década del ochenta, una parte importante de mis patakines, Tomasita baila el son, mi primera obra de teatro para niños; después, otras piezas para títeres, de teatro del absurdo, comedias, dramas históricos y sociales. Obras que concretan mi mirada como dramaturgo y que abarcan temáticas que no hubiese podido abordar en la década del sesenta. Como, por ejemplo, Delirium Tremens.

Cuando llegaran a las puertas del Paraíso, Korolenko pretendía preguntarles a todos los escritores rusos cuántos años habían pasado en la cárcel en nombre de la verdad. Conociendo profundamente su obra y los avatares de su vida después del estreno de María Antonia, me tienta, para los lectores extranjeros, preguntarle la misma pregunta: ¿cuántos años ha pasado en la cárcel Eugenio Hernández Espinosa en nombre de la verdad?

Siendo casi un adolescente luché contra la tiranía de Batista en nombre de la verdad. Tuve la suerte (o la mala suerte) de no ir nunca a la cárcel.

En el proceso de parametración, al principio de la década del setenta, usted fue enjuiciado.

Fui enjuiciado ─como otros artistas─ y separado del movimiento teatral, pero no encarcelado. En el «¡Qué-sadismo!», período que yo me atrevería a denominar como de fenómenos históricos transicionales, se defendían derechos básicos; pero que intentaban integrar al hombre a una tradición moral pequeño-burguesa, que subsistía y aún subsiste como presencia residual de un pensamiento retrógrado, racista y excluyente.

«Ninguna cultura puede ser asimilada a un sistema cerrado de valores y de comportamientos, ni siquiera cuando, en determinados períodos de la historia, necesita actuar como si así fuera». Después de la eclosión cultural en los primeros años de la década del sesenta, ¿qué causó la parametración?

La incapacidad para entender a plenitud la cultura popular y, desde luego, también para comprender las contradicciones del proceso revolucionario, cuajado de ideales éticos. Esa incapacidad de un pensamiento filosófico dogmático, moralizante, trajo como consecuencias ciertas tendencias mecanicistas, mistificadoras de fórmulas lacónicas-sentenciosas que condujeron a la exclusión. «En los años setenta se abrió paso a una segunda etapa del proceso de transición socialista, muy contradictoria, que no es el caso exponer aquí. Ella fue teatro de extraordinarios logros, y también de deformaciones, detenciones y retrocesos. En ese tiempo marcharon juntos el consenso de la mayoría, legitimador del régimen burocratizado, autoritaria e invasora de todos los espacios; eso generó una trágica confusión. Aquella ideología se arrogó la propiedad del socialismo y de la visión clasista, y llegó a creerse suma dispensadora de calificaciones, premios y castigos. Fue muy cerrada, más parecida a una camisa de fuerza que a una impulsora de creaciones. El profundo desgaste del socialismo en los noventa es más grave porque resulta natural confundirlo con la ideología que en esos años reinó en su nombre. Es triste escuchar a muchos calificar erróneamente de izquierda a las posiciones dogmáticas trasnochadas, al autoritarismo, a los discursos y sacerdotes sobrevivientes de aquella ideología, o a la simple estupidez».

En esos años en que no sólo fue separado de las tablas sino que tampoco le publican y en importantes concursos impiden que participara o que alcanzara un merecido premio, ¿sintió odio?

Sí; pero no lo suficientemente profundo como para colocarme por debajo de quienes he odiado. El odio entorpece el juicio. Dominados por el odio, somos incapaces de apreciar; despreciamos. ¡No presentamos argumentos sino reproches…! Y en mi obra  ─como sabes─ no hay un solo reproche.

Se produjo un viraje histórico con el derrumbe del socialismo soviético y europeo. Una conmoción histórica sin precedentes. ¿Hasta qué punto este giro de 180 grados en el mapa político del mundo puede socavar los cimientos estructurales del país o remodelar la sociedad cubana?

Esto supone una breve pausa, ¿no crees?

Tómese todo el tiempo que usted quiera. Yo espero.

(Se sirve un trago de aguardiente). Ante todo… (Alza la copa en señal de brindis). «Mi alma vive con todo lo que aquí respira». Es un verso de un gran poeta búlgaro. (Bebe largamente, como no he visto a nadie de su edad). No somos receptores pasivos en medio de esta catástrofe que ha introducido un trágico desequilibrio en los ámbitos de la política internacional. Somos los más desfavorecidos; pero no los más susceptibles y mucho menos los más vulnerables. Lejos de disminuir nuestra identidad, se ha acentuado nuestra responsabilidad histórica de conseguir, al fin, un desarrollo endógeno. Pleno, creador. Ante esa hecatombe (¿inesperada?) que indudablemente ha dañado nuestra estructura socio-económica y, por ende, nuestra infraestructura, sólo nos queda incrementar nuestro optimismo. Y retornar a José Martí, que nos alertó: «Las soluciones socialistas, nacidas de los males europeos, no tienen nada que curar en la selva del Amazonas».  Más aún, para que no tropezáramos con la piedra que ya advertía, en carta a Fermín Domínguez en una fecha ya tan lejana como mayo de 1894, nos dejó dicho:

«Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados». 

¿No cree que atravesemos ahora por un proceso acelerado que nos permite ser auténticos?

¡Somos auténticos en grado superlativo…! Siempre lo hemos sido. Un pueblo empeñado en preservar a toda costa su autenticidad cultural. Pero los errores cometidos en la década del setenta y del ochenta pesan aún sobre nosotros, conduciéndonos por sendas que tienen más del pensamiento pequeñoburgués que nos despellejó que de la luz que emana del pensamiento martiano. Lo analizaba Martínez Heredia en los ensayos En el horno de los 90. Un libro que debería leerse con detenimiento:

«El elemento popular de la cultura nacional es un escalón más profundo y eficaz de resistencia, pero él se ha debilitado en los últimos años. Lo sienten premoderno amplios grupos de sectores que han alcanzado desarrollo personal socialmente válido: estudios superiores, nivel cultural, estatus, roce internacional. Y esos estratos están entre los más activos del país. El proceso de homogeneización desde el capitalismo desarrollado a nivel de la cultura de la vida cotidiana ─un fenómeno mundial, no privativo de nosotros─ es un agente de debilitamiento de la densidad cultural cubana en general. La devaluación de la cultura propia puede agudizarse por las frustraciones individuales de las expectativas creadas durante la segunda etapa del proceso, los años setenta-ochenta. La gran crisis económica, la aparente falta de viabilidad económica del país y el descrédito del socialismo generaron una frustración nacional […] En la medida en que la cultura nacional «popular» sea identificable como raíz de la que el sistema político es expresión, resulta también víctima de la ola de pensamientos y sentimientos conservadores que se extiende hoy».

¿Y esos pensamientos no nos hacen particularmente vulnerables?

¿Particularmente vulnerables? ¿Por qué? Asumimos nuestra propia identidad, enriqueciéndola con un pensamiento cultural de vanguardia. Conscientes de que tenemos que desandar atajos y reivindicar un camino verdaderamente cubano. Sin lecturas extranjerizantes ni excluyentes.

Hoy, en Cuba ─indicaba Abel Prieto─, un principio de política cultural sería no equivocarnos con respecto al pensamiento cultural de vanguardia, ni en el de las ciencias sociales. No mutilar lo que pueda ayudar desde posiciones que, quizás por inéditas, puedan parecernos inquietantes. No equivocarnos nunca y siempre sumarlas a esa cultura nueva que hay que forjar y construir cada día. Lo que nos hizo resistir en los años 90 no debe considerarse una especie de ganancia que ya tenemos, un terreno garantizado que siempre va a estar dando frutos; es una condición cambiante, que se transforma, y que hay que enriquecer y defender. Una de las experiencias que habrá que tomar del pasado y de aquellas transiciones fallidas, será aprender a vislumbrar los brotes de la cultura nueva y nunca dejarlos morir.

En sus Reflexiones, en mayo de 1878, decía Martí que «…las grandes necesidades de la República son el ensanche de la comarca cultivada, y la educación de los espíritus incultos».  Teniendo en cuenta, desde luego, que la Cuba de hoy no es la de 1878, ni la de 1959, ni la Cuba de los extraviados años de la segunda etapa del proceso revolucionario ni la Cuba del noventa. «Las diversidades sociales se modificaron; unas disminuyeron a fondo (por ejemplo, las de clases); otras se atenuaron, algunas se ocultaron. La idea de la nación de los cubanos alcanzó contenidos muchos más ricos y complejos que las existentes en los tiempos previos a la revolución. Durante más de tres décadas nación y socialismo se unieron, hasta el punto de la exclusividad: sin los dos, no se era cubano. Los símbolos nacionales, sin más, fueron los del socialismo cubano; el lenguaje consagraba esa exclusividad: los cubanos antirrevolucionarios eran calificados de apátridas o mercenarios. En la segunda etapa del proceso la identidad nacional operó como un muro defensivo frente al socialismo real y la colonización de izquierda que este portaba. A pesar de la marea sovietizante, el propio régimen reivindicó a lo nacional como su fuente y como parte de su naturaleza, y le preservó fuerza, atractivos y espacio. En la vida cotidiana y en el sentido de la vida de la gente, lo nacional siempre tuvo un lugar central, como es natural». Cuando hablamos de nuestra identidad cultural ─mejor: de nuestras identidades culturales─, no hablamos solamente de folklore o expresiones artísticas; sino de nuestras tradiciones históricas y sociales. Y estas, son mucho más fuertes que nunca; nos permiten validar la cultura popular desde posiciones que no teníamos ni siquiera en la década del sesenta. Frente a esos ciclones conservadores, tenemos una obra de resistencia cultural. Pienso que, si algún mérito pudiera tener este testimonio (¿reminiscencias, disquisiciones…?), es la de pensar en voz alta ─en mi caso, desde el teatro─ sobre nuestro destino. 

«Revolución, tu enfermedad han sido los hombres». Esa frase que emitió Cloots antes de subir al cadalso, ¿la pronunciaría usted en esta hora del mundo? 

En primer lugar, no estoy ante ningún cadalso. Tampoco la humanidad. Mucho menos, Cuba. ¡No es el fin de la historia…! «Los tiempos que corren ─decía Rufo Caballero─ demandan de nosotros una interpretación menos lineal y miope, acorde con una realidad que no se limita a un par de sentencias repetidas. Son estos tiempos para comprender que el proyecto de la soberanía se salva sólo con inteligencia, con apertura económica, con movilidad en la vida social. Son tiempos de comprender que los cambios no ponen en peligro nada, sino que lo oxigenan todo. Para algunos, el terror al cambio es el terror a la complejidad».  Es indiscutible que, dentro de los avatares de estos tiempos, cierto grado de desilusión nos socava a todos; pero tengo fe, como diría Martí, en el mejoramiento humano. Por lo que yo, más bien, reescribiría esa frase para hacerla mía: «Revolución, tu cura han sido los hombres».

¿Cómo valoró la elección de un Presidente negro en Estados Unidos?

Siempre que un negro norteamericano, por sus propios méritos, es reconocido como deportista, artista o escritor, como político o militar, hay que verlo como una reafirmación del negro en la historia de los Estados Unidos. Una reafirmación intelectual. Cuando en 1947 Jackie Robinson rompe la barrera racial de las Grandes Ligas y se incorpora a los Brooklyn Dodgers, siendo proclamado rookie (novato) del año, no sólo demostró su capacidad física sino intelectual; pues tuvo que afrontar el fanatismo y los embates raciales de una sociedad profundamente racista. La elección de Barak Obama no es un hecho aislado. Es fruto de una lucha permanente del negro por abolir la esclavitud, por la propia independencia de los Estados Unidos, de su lucha contra la discriminación racial. Pero jamás pensé que en el país del Ku Klux Klan un negro alcanzaría la presidencia; aun teniendo en cuenta los peldaños alcanzados por otras prominentes negros en la política norteamericana y la presencia de una Premio Nobel como Toni Morrison, sin los cuales la cultura y la historia de Norteamérica no podría escribirse. Su elección es el resultado de una lucha constante, en la que no está en juego la superioridad o la inferioridad de nadie; sino la igualdad que debe existir entre todos los seres humanos. Las posibilidades que todo ser humano debe tener a partir de su capacidad. Independientemente de lo que Obama pueda o no hacer en su mandato (o de lo que le permitan hacer los que verdaderamente controlan el poder político-militar y económico), su elección en sí, su presencia como presidente de los Estados Unidos, adquiere una dimensión histórica, más teniendo en cuenta que es joven e hijo de un africano. Sin duda alguna, Obama es un giro no sólo en la historia de los Estados Unidos sino en todo el llamado Mundo Occidental o Primer Mundo. El hecho de ser hijo de un africano le da una visión diferente sobre lacerantes problemas como la emigración y la discriminación racial, sobre los prejuicios que saltan en todas las esferas de la vida. Pero, por supuesto, no puedo pedirle a Obama los milagros que le pediría a Jesucristo si resucitara, porque él no es el hijo de Dios.

Me permite otra pregunta…

(Me mira sonriente). Todas las necesarias.

Tomás Paine, un enemigo de la monarquía que quiso salvar a un rey, expresó con relación a su actitud lo siguiente: «Opino que Luis XVI ha de ser juzgado no porque me anime un sentimiento de venganza sino porque la medida me parece justa, legítima y conforme a una política razonable. Si Luis es inocente, concedámosle la oportunidad de probarlo. Si es culpable, que la nación decida si debe ser perdonado o castigado». ¿De qué parte estaría usted: de los que querían ejecutar a Luis XVI inmediatamente o de parte de Paine?

Paine demostró que el simple hecho de eliminar al monarca no acababa con la monarquía, pues la ejecución de Carlos I no impidió que Carlos II subiera al trono, e insistió en un aspecto digno de reflexión: mientras Luis XVI viviera, sus dos hermanos, los condes de Provenza y de Artois no podían hacer valer sus derechos de sucesión. Con la ejecución de Luis XVI se les proporcionaba un pretexto para dar libre curso a sus ambiciones de sucederle en el trono. Un hombre no es una nación ni un sistema social. Un hombre puede ser mucho más que eso: una idea, un concepto, una filosofía, una esperanza… «Todas las grandes ideas ─dijo Martí─ tiene su Nazareno». Se le puede crucificar; pero no a sus ideas. Fíjate que todavía hoy estamos hablando de Luis XVI y de la actitud que Tomás Paine adoptó frente a él, a pesar de que fue enemigo de la monarquía.

La emigración ha marcado nuestra historia, también la del Caribe. ¿Qué piensa del exilio?

Permíteme responderte con algo que expresó Michelet, referente a los franceses que partían de Francia: «Aunque muchos franceses partían, eran también muchos los extranjeros que venían; estos últimos se asociaban de todo corazón a nuestras agitaciones, venían a desposarse con Francia. Y aunque tuvieran que morir, a ellos les parecía preferible a vivir en otro sitio: aquí, si morían, estaban por lo menos seguros de haber vivido».

Voy a decirte algo más: Quien se ha separado de su tierra y de su familia, quien se ha excluido de ella es un ser generalmente frágil, que vive en una inseguridad diríamos ontológica, porque sabe que no se le reconoce, que no se le acepta enteramente con su cultura y su diferencia. La hostilidad ambiente socava su seguridad e introduce la duda en la percepción de su propia imagen, de su propia naturaleza cultural y social. El exiliado se ve amputado de una dimensión esencial, que es su cultura. Vive el exilio como una mutilación, como un violentamiento que le reduce a la expresión económica que alcanza y niega los valores fundamentales que forman el tejido de su historia y de su civilización. ¿Cómo vivir, en tal situación, su propia cultura reducida a simples migajas y gestos inacabados? Esa cultura tiende a empobrecerse, a agotarse y a convertirse en una caricatura de la cultura original, lo cual abre las puertas a otra forma de fanatismo cultural y de intolerancia.

Cuando pienso en esa Cuba ampliada ─decía Ambrosio Fornet─ me vienen de inmediato a la mente ideas relacionadas con la identidad y la asimilación, complejos procesos sociales que, para los seres humanos, arrastran siempre una carga emocional que podríamos asociar tal vez al término nostalgia. Creo saber lo que significa la palabra, pero por si acaso acudo al diccionario: «Nostalgia. Del griego nostos, regreso, y algos, pena, dolor. Una especie de melancolía producida por la ausencia del hogar o de la patria». El término fue acuñado a fines del siglo XVII, así que el sentimiento a que alude debió de existir desde que los seres humanos desarrollaron su sentido de pertenencia ─al hogar, al terruño, al país…─, pero sólo pudo ser llamado así cuando se inventó finalmente la palabra (supongo que antes se conocería como añoranza o saudade).

El exilio se repliega sobre sí mismo y cultiva un amor nostálgico y casi neurótico a la cultura original que tan mal ha soportado el trasplante. Se ve ahora enfrentado con un problema nuevo que no conocía en su propio país: el de las raíces. Su realidad son los hijos nacidos en el exilio, los que plantean de una manera brutal esta cuestión de la identidad, cuestión existencial y grave, ya que, si no se le da respuesta, puede apartar a esos hijos de sus padres. A su vez, los hijos rechazan la imagen del padre que la hostilidad y la miseria han desvalorizado y ajado. Pude comprobarlo cuando visité a un pariente en Estados Unidos, lo que me motivó a escribir Quiquiribú Mandinga… Los hijos no quieren parecerse al padre ni volver a recorrer su mismo itinerario. El exiliado sabe que pertenece a una generación metida en un callejón sin salida, con un futuro incierto y una identidad confusa y vacilante. «El exilio ─decía Augusto Boal─ es la pena más inmoral porque sobrepasa al acusado».  Es terrible. Van a un lugar donde nadie los esperaba y nadie los tenía previsto en sus planes: están ausentes de la tierra paterna y, al mismo tiempo, están de más en la tierra que han adoptado.

Si pudiera nacer de nuevo y tuviera la opción de escoger un siglo y un país, ¿cuál sería su elección?

El Siglo XVIII. Francia. París en medio de la Revolución. Ha sido un tema recurrente en esta entrevista, ¿no?

¿En qué personaje le gustaría encarnar: Robespierre, Marat, Dantón, Mirabeau, Fouché…?

Carlota Corday. (No puedo reprimir la carcajada). No, no te rías. Te lo digo en serio, sin ningún complejo machista. Fíjate, no voy a juzgar los hechos, pero no me negarás que Carlota Corday fue una heroína.

¿Por matar a Marat?

¡Por vengar a los girondinos!

Los girondinos eran el ala derecha de la Asamblea, se opusieron a la muerte del Rey Luis XVI.

Creo que, en el acto de matar de Carlota Corday, está presente una exposición sabia y crítica: demostrar que debe ser la moral la única regla de conducta de los políticos.

Usted no está hablando en serio, ¿verdad?

¿Qué tú crees?

Bien, sigamos… Por el carácter de su elección puede pensarse que usted es francófilo.

En absoluto. Pero es innegable que Francia, la Revolución francesa lanzó una idea que transformó el mundo. ¡Una estruendosa idea! «París no puede ser sino la capital de la confederación mundial donde se reunirán los Estados del mundo, entonces ya no habrá provincias, ni ejércitos, ni vencidos ni vencedores. Se podrá ir de París a Pekín como de Burdeos a Estrasburgo. En el océano habrá un puente de navíos que unirá sin riberas. El Oriente y el Occidente se abrazarán en el campo de la Federación. Roma fue la metrópoli del mundo gracias a la guerra. París lo será gracias a la paz…» ¿No te parece eso, como concepto, maravilloso?

Si el gran dramaturgo lo dice…

¡Michelet, el ilustre historiador francés que pronunció ese alegato, no yo! No soy un apologista de la Revolución francesa. Simplemente lo que hago es consignar un hecho trascendental de nuestra historia.

Sin embargo, la Revolución francesa, que su propósito era liberar a los franceses y aspiraba emancipar a todos los hombres, fue sobremanera euro-centrista. Cuando los franceses hablaban de lo universal lo que querían decir es Europa, legislaban en nombre del hombre europeo.

Aunque pensara en Europa la Revolución francesa fue un acontecimiento de alcance no solo nacional ni continental. No pudo evitar que, cual río caudaloso, corriera por toda América. Carpentier lo interpretó magistralmente en El Siglo de las Luces.

Es una de mis novelas favoritas. Aunque, de todas sus novelas, prefiero El reino de este mundo. Yo siempre digo que El reino…, Biografía de un Cimarrón, de Barnet, y María Antonia me «parieron» como escritor.

La menciono porque sé que eres un empedernido lector de Carpentier. De Ortiz, de Barnet… Pero, fíjate que hasta en China la influencia de la Revolución francesa se fue abriendo paso, lentamente. Cien años después (sin soledad) empezaron los chinos a proclamar sus ideales como algo propio.

La revolución de 1789 fue trágica y violenta, la de 1830 no lo fue menos, como tampoco la de 1840. Tres veces derrocaron a sus reyes, catorce veces cambiaron la constitución y todo en medio de un baño de sangre.

Sin embargo, eso no impidió a Francia convertirse en una gran nación.

Por parte de padre, sus ancestros son europeos, españoles, a lo mejor pudiéramos suponer que franceses… Y por la línea materna, vinieron de África. ¿Cómo valora el descubrimiento europeo de las Américas?

El mal llamado Descubrimiento de las Américas, fue sin duda un proceso que cambió al mundo entero. Tanto al supuesto descubridor como al supuestamente descubierto. La llegada de Colón y, posteriormente, de otros europeos a América, marcó poderosamente la historia moderna. Se inició un vasto encuentro de culturas —europeas y autóctonas; después, africanas—, a menudo signado por la crueldad y la rapiña, características de todo proceso de colonización. Pero también marcó la creación de algo nuevo, lo que justamente se llamó Nuevo Mundo; pues no existía en las tierras conocidas, ninguna que integrara todas las grandes culturas existentes. Es el hecho más trascendental que le ha sucedido a la Humanidad, después de la creación del Mundo y, por supuesto, de la encarnación y muerte del que lo crió —como dijera Las Casas a Carlos V— al borde de la blasfemia. (Arría otro silencio. Bebe).

¿Se siente cansado?

Un poco agotado.

Podemos dejar el resto de las preguntas para otro día.

Si accedí a ella, como colofón de tu libro, estoy dispuesto a concluirla.

(Después de una breve pausa.) Hábleme de usted.

¿Un autorretrato? Te advierto que no sé dibujar.

Pero en sus libretos he descubierto algunos dibujos.

¡Garabatos…! Pero, ya que insistes, te diré que soy un carácter peculiar, un animal domesticado, aunque en el fondo creo soy un animal salvaje y selvático. Aun cuando siempre he sido pacífico, manso, sosegado, sé disimular cualquier injuria… Es horrible sentirse humillado, discriminado, despreciado por mi origen, por mi piel, por mi cultura, por mis concepciones estéticas y éticas, ¡por mi filosofía ante la vida…! De joven con frecuencia fui víctima de humillaciones y desprecios. Es un fardo que todavía arrastro. No he aprendido a olvidar las vejaciones que he sufrido, porque no soy apto para el olvido. Los recuerdos son como una especie de embriaguez perpetua. Quizás por eso sea vehemente, mordaz, severo. Cuando sé una cosa, sostengo que la sé. Y cuando no la sé, admito que no lo sé; aunque, a veces, lo confieso, me cueste trabajo admitirlo.

¿Sostiene lo que sabe a toda costa y a todo riesgo?

No grabes lo que te voy a decir. No lo grabes, por favor. (Después de una leve pausa). Desde niño me enseñaron que el hombre superior piensa siempre en la virtud y el hombre vulgar piensa en la comodidad. Pues bien, admito que desde niño pensé vulgarmente en la comodidad. Nunca he dejado de pensar que de la utilidad o no de una persona, depende en gran medida su recompensa. ¡Y uno tiene que proceder en virtud de esa recompensa…! Todo acto, toda palabra, todo pensamiento que uno otorga a la vida debe estar consagrado constantemente a lo que es difícil obtener.

¿La comodidad?

¿Por qué no?

¿No ha sentido la necesidad de expresar sus pensamientos en voz alta?

¿Cuáles…?

Éstos, sobre la necesidad de vivir a gusto, cómodo y con descanso.

Es posible.

¿Y lo ha hecho alguna vez?

En un poema que escribí hace años, cuando me vi obligado a refugiarme en la escritura, no sólo en el teatro; sino en la novela, en la poesía… (Lee).

 

Parámetros

 

¿Es que soy como soy

porque sólo es posible

   este ser

y ningún otro?

 

─ Dios

lo dispuso

así.

 

¿La voluntad del hombre

    está

estrictamente determinada

     de antemano

y fuera del hombre?

 

─ Dios

lo dispuso

así.

 

¿Por qué no debo yo

esperar recompensa alguna

en este mundo sino

      en Otro?

 

─ Dios

lo dispuso

así.

 

¿Por qué yo debo esperar

que Dios me recompense

por todas mis miserias

a condición de resignarme

a obedecer parámetros morales

que se me imponen

no como una necesidad

histórica

sino como un imperativo

categórico,

           eterno?

 

─ ¡Dios

lo dispuso

así…!

 

¿Es que soy como soy

porque sólo es posible

  este ser

y ningún otro?

 

─ Dios

lo dispuso

así.

 

¿La voluntad del hombre

  está

estrictamente determinada

   de antemano

y fuera del hombre?

 

─ Dios

lo dispuso

así.

 

¿Por qué no debo yo

esperar recompensa alguna

en este mundo sino

   en Otro?

 

─ Dios

lo dispuso

así.

 

¿Por qué yo debo esperar

que Dios me recompense

por todas mis miserias

a condición de resignarme

a obedecer parámetros morales

que se me imponen

no como una necesidad

histórica

sino como un imperativo

categórico,

      eterno?

 

─ ¡Dios

lo dispuso

así…!

 

¿Lo ha publicado?

No, nunca.

¿Por qué?

Me he concentrado en expresar en el teatro otros pensamientos, más importantes para otros personajes que, como yo, también les gustarían vivir a gusto y con descanso.

¿Algún temor…?

¿Temor a qué?

¿No teme a algo… o a alguien?

Le temo al hombre que solo conoce un libro y por él se guía. ¡Es un adversario terrible!

¿Quiénes son sus mejores amigos?

Los libros. Después de éstos, los libros. Ellos nunca me decepcionan: me instruyen sin castigos, sin palabras ásperas y sin ira, nunca duermen. Si se les interroga no ocultan nada. Si se les interpreta mal, no protestan. Si no se les entienden, no se ríen de uno. Nos dan consejos en la vida y consuelo en la aflicción. « ¡Dejadme mis libros! ─pedía Kafka─. ¡Es lo único que tengo!».

La vida carece de valor si no nos produce satisfacciones. ¿Cuál es la mayor satisfacción que ha tenido en su vida hasta el día de hoy?

Haber logrado lo que me he propuesto ser.

¿Cree en la inmortalidad?

¿Del alma? Creo en la inmortalidad del sentimiento de lo humano. Creo que se puede lograr la armonía y la paz entre los seres humanos, independientemente de sus contradicciones, de sus diferencias… ¡EL OTRO EXISTE! Y con el OTRO tiene que encumbrarse la sociedad. Yo siempre trato de ver todo aquello que puede ser transformado para bien, no con un sentido demiurgo, sino más bien de responsabilidad social. Por eso estoy convencido del papel que en estos momentos podemos jugar todos, en particular los que hemos sido excluidos por los incultos a los que hacía referencia Martí. No soy filósofo; pero creo que debemos aferrarnos, no a una idea como única balsa sino al pensamiento imperecedero de Varela, de Luz y Caballero, de Varona, de Mañach, Ortiz… Y recalco, sin fatigas en las lecturas del Apóstol. Pero del Martí completo, sin amputaciones. El maniqueísmo del setenta tuvo graves consecuencias, «[…] el daño terrible que sufrieron el pensamiento y las ciencias sociales afectó también seriamente la Historia —a pesar del interés ideológico que favorecía a la nacional—, por su subordinación al marxismo dogmatizado, empobrecido, autoritario y manipulador, por normas restrictivas que disminuyeron sus posibilidades científicas, sus temas, fuentes, métodos y resultados, sus relaciones con medios que no fueran aprobados, por la quiebra de la formación teórica de sus profesionales y por las declaraciones y posiciones que se le reclamaban».  Creo que debemos reconocer y escuchar al Otro, sin el pérfido deseo de amputarlo. Sin excluir a nadie por tintes (más o menos oscuros) en su piel o en su pensamiento. Creo que «La sociedad civil cubana —para continuar expresándome con palabras de Fernando Martínez Heredia— puede desempeñar un papel muy importante en la lucha socialista, para la cual cuenta con potencialidades suficientes. Puede ayudar decisivamente en la descentralización y rearticulación de la sociedad, que los cambios en curso ponen en el orden del día, para darles un sentido de esfuerzo y organización socialistas. […] La sociedad civil puede ser vehículo de la diversidad social, no solo para la satisfacción de necesidades insoslayables, sino como enriquecimiento de una identidad nacional que está ligada al socialismo, una diversidad de gente que ha ejercido masivamente la solidaridad y posee fuertes sentimientos de comunidad poscapitalista. Puede cubrir con su cultura de organización y su cultura política espacios que está dejando vacíos el Estado, no para competir con él, sino para participar en un poder revolucionario, en el cual el Estado debe ser un instrumento. Quizás se impulse así, por necesidad, un proceso que debe ser natural a toda transición socialista. Los elementos populares de la cultura nacional pueden ser un factor muy importante en ese empeño, y contribuir a darle eficacia y, sobre todo, legitimidad».  El problema es ver las cosas diáfanamente, sin sentimientos paternalistas. Sin miedos. Aunque esa posición me ha traído consecuencias tremendas, porque en aquellas circunstancias del «Qué-sadismo» fui un autor maldito. Por suerte, la historia demostró que soy más bien benigno.

¿Ha sentido envidia por el éxito de algún amigo?

Nunca.

Según Esquilo pocos hombres tienen la fuerza de carácter suficiente para alegrarse del éxito de un amigo sin sentir cierta envidia.

¿Y qué te hace pensar que yo no sea uno de esos pocos hombres?

Es que usted piensa demasiado bien sobre sí mismo.

Nunca he sentido envidia por el éxito de otro creador. No veo en sus éxitos la obra que yo pudiera escribir. He escrito la mía, la que ellos tampoco pueden escribir. Los premios y reconocimientos que he recibido, han sido por ser fiel a mí mismo. Mis obras me distinguen como las obras de Lam o Mendive los distingue a ellos del resto de los artistas plásticos cubanos. Nadie ocupa el lugar de nadie. Por eso siempre me he alegrado del éxito de cualquier creador. Lo asumo como un éxito de la cultura cubana, de mi cultura. Una cultura que forjan muchas voces. Pero jamás he sentido una motivación que me lleve a escribir El Premio Flaco u otro Aire frío. Es que, además, no me corresponde. Me creí obligado a escribir Aponte; Manzano; Roble de Olor —el guión de esta película, con Rigoberto López—, mis numerosos patakines… A nivel de un enfoque clasista, entre Quiquiribú Mandinga o La noche de los asesinos, de Triana, o Dos viejos pánicos, de Piñera, hay diferencias sustanciales aunque las tres obras pertenezcan al teatro del absurdo. Te digo más: «La personas deformes y los eunucos, los viejos y los bastardos suelen ser envidiosos porque el que no puede remediar su propio estado hará lo posible por dañar el de los demás». Y como ves, ni soy deforme ni bastardo y muchos menos eunuco.

(Entre risas.) ¡Aunque sí, viejo!

Mi cuerpo es viejo, ¡pero no mi alma…! Tampoco ha envejecido mi obra. Puedo decirte, modestia aparte, que una de las pruebas de que he nacido con grandes cualidades es haber escrito esa obra. No soy cola de ningún ratón. No tengo nada que envidiarle a nadie. Como escritor, busqué mi espacio. El mío, el que me pertenecía por derecho propio. Construí mi historia. Plasmé mis intereses como cubano. Porque, entre las ramas del caguairán, el Tocororo no es únicamente blanco, encarnado y azul. En su bandera de plumas, también están, aunque invisibles para algunos, sus plumas negras.

No es un artista mediocre, todo lo contrario. ¿Por qué entonces devino en funcionario?

«El hombre no escoge su misión, como no escoge su linaje». Cada época tiene su propia reflexión sobre el origen de la estirpe. Cuando era solamente dramaturgo o director artístico en un colectivo, tenía plena conciencia de que el tiempo vuela y no se recupera jamás, de que existe otra estirpe llena de pormenores, atisbos, sorprendentes juicios, con los que sólo podía ser consecuente si asumía la dirección general de una compañía. Por eso acepté dirigir Teatro de Arte Popular y la Sala Verdún, en Centro Habana; y, posteriormente, cuando se crearon las condiciones, fundar Teatro Caribeño de Cuba. «Es cierto –dijo Martí—que es más cómodo ser dirigido que dirigirse; pero es también más peligroso».  Yo preferí correr el riesgo de dirigir mi propia compañía. Pero no soy el único dramaturgo que dirige un colectivo teatral. Además, no veo contradicción entre el artista y el funcionario. Entre el artista y el funcionario que dirige un colectivo de artistas. Más bien una simbiosis orgánica. Ambos tienen la responsabilidad de dirigir —y entiéndase por dirigir: guiar, encaminar, sensibilizar, concientizar—. Jamás convertí mis opiniones en decisiones infalibles; aunque, desde luego, pesan en el ideario estético de la compañía. «Un error teórico cometido por quien puede convertir sus opiniones en decisiones [alertaba Roberto Fernández Retamar], ya no es sólo un error teórico: es una posible medida incorrecta».  Siento mi cargo, a pesar de los detractores, como una continuidad sintáctica, no como un impulso ascensional de una carrera ¿podríamos llamarla política, tratándose de dirigir a una compañía de teatro? Quien posee alguna destacada cualidad, la posee no con el fin de convertir a los demás en sus dóciles ensalzadores, sino para hacerse a sí mismo un buen servidor del Hombre. Todo lo que he hecho en mi vida lo hice en virtud de servir al prójimo. He subordinado mis intereses personales al bien común; aunque me haya costado algunas lágrimas. Sé que «todo lo humano y lo grande va precedido de lágrimas. Solamente la vida nos enseña cómo vivir». Y hay muchas lágrimas en mi vida de las que aún no he hablado; pero que, indefectiblemente, tendré que recoger en otro libro que fusione otros recuerdos, otros diálogos… Aunque algunos detractores salten para decir que no es un testimonio puro, que es teatro. Pero, ¿como dramaturgo podría de otra forma revivir mis recuerdos…? A estas alturas, ya no podemos hablar de un género que sea completamente «puro».

Sin embargo creo [como Nicolás Guillén] que «hay muchas cosas puras en el mundo que no son más que pura mierda».

Coincido, plenamente. Pues no concibo un acercamiento a su ideario estético que no parta de su propia obra. Pero, hablaba de detractores… ¿Tiene usted enemigos?

Que lance la primera piedra quien esté libre de enemigos. «Siempre están los críticos con sus criterios clásicos, con sus elevadas y altisonantes frases condenatorias», dice la Actriz Vilipendiada en Delirium Tremens.

¿Pueden sus enemigos aportarle algo de utilidad?

Si, pueden. PUEDEN. ¡Claro! No vivimos solos en el mundo, como tampoco vivimos en Paleolítico ni en la Edad Media. Nos hacen pensar, reafirmar convicciones, desechar criterios… Las contradicciones, como en una obra teatral, nos llevan a otras acciones, a enfrentar problemas que antes no  habíamos advertidos. Se multiplican las influencias recíprocas.

¿A quiénes reconoce como sus enemigos? ¿A los que no piensan estética o ideológicamente como usted?

No, no, por favor. ¡A los que me quieren joder…! No vivimos en un paraíso terrenal. El hombre, sensorialmente hablando, es complejo. Lo mismo ama que odia, cela, envidia. De la mayor dosis de esos componentes depende la proyección del hombre. Amor más Odio más Celo más Envidia es igual a Odio Celo Envidia. Resultado: mediocre, oportunista. Un mediocre, un oportunista es más dañino y hace más estragos que la bomba de neutrones. 

¿Qué es lo que más le molesta?

Trato de evitar acontecimientos cargados de preponderancia y exclusividad. ¡Detesto la exclusividad! Creo que todo eso empequeñece al hombre. Lo reduce a la más mínima expresión. Vivimos en una época de alineación y miedo. El hombre necesita su intimidad comunicativa, su calor humano.

¿Ha sido un director intransigente?

Intransigente con lo que no tiene realmente una naturaleza artística. Con lo mal hecho. Soy riguroso, lo mismo para escribir una obra que para dirigirla o trazar las pautas ideo-estéticas de una compañía. Eso no excluye en lo absoluto mis errores, como tampoco que he sido comprensivo (yo diría que cariñoso, como un padre) con mis actores, técnicos y trabajadores. ¿No lo he sido para ti?

Mi padre intelectual. Y como padre también de muchos jóvenes, ¿qué les aconsejaría a los que dirigen nuevos proyectos escénicos?

El hombre que se dedica a dirigir corre el riesgo de cometer errores, sea joven o no. Puede caer, sin quererlo, en la trampa del narcisismo, es algo que todos llevamos dentro. Pero la cuestión está en que no nos dejemos arrastrar por nuestras exaltaciones, por nuestras reacciones viscerales.

¿Le gustaría ser un político famoso, a escala internacional?

Siempre he pensado que el gran político, como el gran artista, merece la fama; pero si se siente ávido por ella entonces procede como quienes la buscan, sin merecerla… (Hace una larga pausa reflexiva.) Sí, lo confieso: me gustaría ser un dramaturgo a escala internacional. De hecho, mi teatro da cabida a todo el mundo antillano y no únicamente aborda conflictos típicamente cubanos, entre otras razones debido a nuestra común historia, nuestras tradiciones y maneras de ser. Pienso que me he ganado una islita en el Palenque de los dramaturgos caribeños. Ahí están, para juzgarme: María Antonia; La Simona; Calixta Comité; Mi socio Manolo; Odebí el cazador; El Elegido; El Ambia; La Balsa… Y también Tomasita baila el Son; Alto riesgo; Tíbor Galarraga; Chita no come maní; Quiquiribú Mandinga; Gladiola la Emperatriz; Deja que llegue Josefa; Delirium Tremens… Sin ser inmodesto, si tuviese que valorar mi propia obra, podría perfectamente concluir con Borges:

«No soy ni un pensador ni un moralista, sino sencillamente un hombre de letras que refleja en sus escritos su propia confusión y el respetado sistema de confusiones que llamamos filosofía, en forma de literatura».



[1] Esta entrevista forma parte del libro La pupila negra: Teatro y terruño en Eugenio Hernández Espinosa  (Mención del Premio UNEAC 2009) del crítico y ensayista Alberto Curbelo.

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